Fuga
Hay un viento incontenible, sin sosiego, sin culpa, ni tregua,
Hay un viento dominante,
gitano, seductor, guerrero, de mil lanzas y flechas de puntas de acero,
con incrustaciones de plumas de colores y cascabeles que danzan estremecidos
como acróbatas voladores.
Hay un viento más salvaje que mi corazón.
Hay un viento más tenaz que los acantilados que parten al océano en esquirlas de sal
y partículas de yodo envueltas en nieve.
Hay un viento que no sabe de nombres olvidados,
de cerraduras, ni de trancas en las puertas,
de ventanas cuidadosamente atadas con pasador de hierro.
Hay un viento que galopa con cien mil caballos rojos
dejando rastros de sus crines suspendidas en el atardecer
y nos invade catastrófico, impredecible, incuestionable.
¡Viento poseído de sí mismo!
Con todo el arrebato encantado de la infancia,
con todo el descaro histriónico de la adolescencia,
con todo el quiebre de estructuras y cuentos de hadas de la adultez,
con toda la impermanencia de la muerte
capaz de transformar el aire con la alquimia del último suspiro.
Oh, viento inmanejable, inquebrantable,
nada me dejas, todo lo derribas,
aun así te añoro y te espero con los ojos cerrados,
el pecho descubierto y la piel erizada por tu invisible presencia.
Oh, viento incesante, desafiante, navegante;
arráncame el corazón,
llévame en tu ráfaga,
mastícame en un enorme torbellino
y escúpeme, desmembrada, desmenuzada,
inmersa en un nuevo acontecer;
despójame de lo que fue mi vida,
arrástrame cual hoja seca
al vacío,
a la reconciliación,
al abismo,
a la poza quieta donde la hoja flota,
y embárrame de polen, de hojarasca, de tierra fértil y fruta madura,
ciérneme de polvo como un cadáver que respira y germina,
cúbreme todito el cuerpo con nubes de ceniza blanca.
Desarma mi estructura ósea, desmantela mi fascia,
arrebata de un soplido a mi mente resplandeciente,
socava mi noción de libertad,
mi supuesta noción de libertad.
No hay pausa,
hay que desarmarlo todo,
derribarlo todo,
desmoronarse entero para encontrar el perdón.
Y cuando el eco de mi voz no tenga rebote,
cuando no haya ni un sonido presente,
cuando ya nada zumbe ni retumbe;
sacudiremos el polvo de nuestro cuerpo, limpiaremos las montañas de tierra y ceniza de
nuestra cara, reacomodaremos los vestidos desgarrados
y nos diremos entre dientes:
somos lo que queda
somos lo que sobra,
somos lo que resiste,
somos todo lo que el viento no se llevó.