En tránsito
Cuando uno se desborda
Se abre un dique profundo,
Una represa inunda lo sembrado
no hay sobrevivientes
los árboles más viejos mueren
la correntada se lleva todo
y lo revuelve, lo arrastra
lo mezcla de lodo y desperdicios de memorias que se encuentran en el camino,
lo licúa con todas las palabras y miradas que se soñaron juntas
y se convierte en una pasta, en un puré putrefacto y detestable.
Cuando uno se desborda,
la corriente desmesurada, incontrolable, implacable, imperdonable
nos alerta con su estruendoso cataclismo “Sálvese quien pueda”.
Esa corriente sin piedad no tiene tregua, corre con furia,
es la denuncia eufórica de la desdicha
y de la ansiedad que emerge a borbotones
por el pensamiento derramado del dolor del corazón
que no tiene donde encallar su pena.
Ventanas, libros, casas, gatos, perros y poemas, la noche y la mesa del picnic, las
cortinas, la cacerola, la cama, el silencio, las voces, el sofá de la sala, una candela, la
mochila, el poste de luz de la casa vecina, zapatos regados y calcetines perdidos, tazas
de té, tratados hermenéuticos escritos en servilletas, las notas de una kalimba, el jardín, la
alacena de dátiles, la pantalla, el espejo encantado, el bonsái que siempre florece, las
tortugas, las paredes y los grillos.
Cuando uno se desborda
Las horas son días
los días no tienen principio ni fin
y nos aferramos a la vida por instinto de sobrevivencia
mientras pasa la correntada arrolladora,
mientras nuestras manos nos sostienen
mientras esperamos a alguien que nos salve con un flotador amarillo
¿Y si no llega?
¿y si no llega?
Cuando uno se desborda;
también nos aferramos a la muerte,
esperando que en un solo golpe de gracia
ese caudal indomable
compuesto de una ingeniosa narrativa
entretejida de ilusiones que se desintegran
nos reviente con precisión milimétrica
y un poquito de piedad
de un solo impacto,
de un solo golpe
contra el paredón del olvido